Por Pablo de la Peña Sánchez
Obtuvo su doctorado en Administración Pública y Política en la Universidad de Arizona.
Imparte clases de Economía Política Internacional y es Director Académico de la división
de Profesional y Graduados en el ITESM Campus Sonora Norte.
ppenia@itesm.mx

Pablo de la Peña Sánchez
Al escuchar que la economía de Estados Unidos entra en un proceso de desaceleración, y con alta probabilidad de caer en una recesión económica, es inevitable recordar las crisis recurrentes que vivimos en México desde la década de los setentas, cuando la economía mexicana sufría fenómenos cíclicos que desataban crisis y duraban al menos la primera parte de cada sexenio presidencial.
A pesar de que el Producto Interno Bruto (PIB) en Estados Unidos tuvo un crecimiento del 2.2% en todo el 2007, la economía de éste país bajó su crecimiento del 4.9% en el tercer trimestre del 2007 al 0.60% en el cuarto. Hay quienes estiman que en este primer trimestre del 2008, la economía presentará un crecimiento nulo, es decir del 0.0% respecto al primer trimestre del 2007.
Ante esta situación, hemos visto que la Reserva Federal (FED) de Estados Unidos ha disminuido su tasa de interés de referencia en 2 puntos para dejarla en 2.25%, y ha puesto en disposición 200 mil millones de dólares para hacer frente a cualquier problema potencial de liquidez que pudiera presentar el sistema financiero norteamericano. Adicionalmente, el Congreso de Estados Unidos aprobó en febrero un paquete por 168 mil millones de dólares para incentivar la actividad económica.
No es difícil imaginar que ante una desaceleración o recesión económica de Estados Unidos en México también tendremos dificultades, particularmente porque más del 80% de nuestra actividad comercial es precisamente con el vecino país; de tal manera que si en Estados Unidos la gente disminuye su nivel de consumo, las empresas también tienden a disminuirlo y, por ende, nuestras exportaciones se ven perjudicas.
Hay quienes abogan para que el Banco de México relaje su política monetaria y permita una depreciación del tipo de cambio con el objetivo de ayudar a las exportaciones de productos mexicanos con mejores niveles de precios, más competitivos. Sin embargo, con reservas internacionales superiores a los 90 mil 700 millones de dólares en México, será difícil ver que la moneda mexicana pierda valor frente al dólar, máxime que éste último es el que está perdiendo valor frente al euro y al yen.
De cualquier manera, frente a la potencial recesión de la economía norteamericana, más de uno ha pedido en México apoyo del gobierno federal con medidas “contra-cíclicas”, de tal manera que se aminore el efecto dominó de la recesión de Estados Unidos hacia México.
Lo interesante, es que el Felipe Calderón hizo caso a los “gritos” de apoyo y anunció 10 medidas como parte de un paquete de apoyo y medidas contra-cíclicas en México, para aminorar el potencial efecto de la recesión de Estados Unidos.
Dichas medidas suman 27 mil millones de pesos aproximadamente, y destacan particularmente la disminución del 3% en los pagos provisionales del Impuesto Sobre la Renta (ISR) y el Impuesto Empresarial de Tasa Única (IETU), un descuento del 5% en las cuotas patronales del IMSS y una inversión por 10 mil millones de pesos en la rehabilitación del sistema nacional de ductos de Pemex. Se dará un descuento adicional del 20% a las tarifas eléctricas del sector productivo en horas pico y del 10% al sector comercio; se canalizarán más mil millones de pesos a Nafin para financiar pequeñas y medianas empresas, y se dará un descuento de mil pesos a las personas físicas con actividad empresarial, al momento de hacer su declaración del 2007 electrónicamente.
Como podemos ver, realmente no hay mucha “inyección” directa de dinero por parte del gobierno federal, sino que es una manera indirecta de que la economía en México tenga más ingreso disponible para gastar. Indiscutiblemente, cualquier apoyo a la economía mexicana es mejor que nada, aún y cuando el paquete de apoyo sea apenas el 0.3% del PIB en México.
Sin embargo, si recordamos la última recesión económica de Estados Unidos en el 2001, las exportaciones mexicanas cayeron un 5% respecto al 2000, y no se recuperaron sino hasta el 2003, cuando el nivel de exportaciones apenas regresó al nivel del 2000.
Con esto, lo que quiero decir es que éste paquete de apoyo a la economía mexicana suena mucho más a un paliativo para que la opinión pública perciba que el gobierno federal está haciendo algo para contrarrestar los efectos potenciales de la recesión de nuestro más importante socio comercial.
Aunque el banco central relaje su política monetaria, las tasas de interés bajen y el tipo de cambio se llegue a depreciar en lo que resta del año, la economía mexicana seguirá sintiendo el impacto de la recesión norteamericana, y esto cambiará hasta que pasen al menos tres cosas. Una, que fortalezcamos el mercado interno mediante la creación de más micro y pequeñas empresas en el sector formal; dos, que disminuyamos nuestra dependencia comercial con Estados Unidos, pues aunque tenemos una plétora de tratados comerciales aún no los hemos podido aprovechar; y tres, que se aprueben las reformas estructurales, la laboral, la energética y la del Estado.
Sin más empresas que generen fuentes de trabajo en el sector formal, sin la posibilidad de invertir para fortalecer la capacidad productiva y para innovar en tecnología y procesos productivos en el sector energético; sin leyes que den seguridad a la propiedad privada, que fomenten y hagan respetar los acuerdos contractuales, y sin más posibilidades de mercado para productos mexicanos de calidad y competitivos, no podremos realmente tener medidas contracíclicas que sean efectivas. Con cualquier intento en este sentido sin tales reformas será más grande el impacto político que el económico.
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